Creo que no hablo por mí sola cuando digo que el estado de Britney Spears es preocupante. Actúa de modo totalmente impulsivo e irracional, dejándose fotografiar desnuda no una, ni dos, ni tres veces, si no todas las que sean necesarias (oooops, I did it again).

Esta última vez se la vio salir de una discoteca hacia un drive thru (¿todavía existen en EEUU y se puede comprar alcohol?) en sujetador, y preguntando a los paparazzis si habían liberado a Paris.

Me imagino que será difícil reconocer que ya no eres la princesa del pop, si no un títere víctima de la explotación infantil y juvenil, del deseo de las discográficas de carne joven, de las drogas desinhibidoras, de la maternidad precoz, de matrimonios relámpago, de rémoras que se te pegan como el Loctite…

Pobre Britney. La que antaño fue reina en los corazones de los pacatos norteamericanos, se sitúa ahora en fluctuancia entre la vergüenza ajena y el desinterés generalizado. Quizá ni siquiera vuelva a sacar un disco en su vida.

Vía: The superficial